Nada.

Hoy te vi.

No te diré que procuré esquivarte,

porque no lo intenté, no quería.

Lo que más ansiaba,

jugar a la ruleta entre tus piernas,

desmayarme en tus ojos y

hundirme bajo tus dedos.

Esos fueron mis tres deseos al genio de la lámpara de aquel portal,

desde donde te veía girando, feliz,

porque yo no estaba,

porque el dolor, al fin,

dejó de okupar tu pecho.

Éste, va a ser el junio más lluvioso en mi cama.

Éste, va a ser el verano más largo en mi calendario.

Sólo porque no estarás,

sólo porque no te pediré que te quedes.

No puedo. Simplemente, no…puedo.

Si soy incapaz de pedirte que hoy no respires

y no puedo pedirme no quererte,

¿cómo voy a pedirte que dejes las maletas en mi puerta,

que nunca cierres mi ventana abierta,

que sigas siendo la favorita de mis actrices,

que no cruces el Atlántico para curar las cicatrices que no se ven?

Solías decirme “si no sabes que decir, mejor no digas nada”,

 

Tu gravedad,

no deja de arrastrarme hacia el mar.

Creo que quieres inundarme,

inundarme de nubes, a punto de romper;

de cruces que no perdonan mis pecados,

de labios que no marcan mis labios.

 

Absolutamente cofusa, mi cabeza.

Tras la pared,

jodidamente insómnica,

la pareja del primero que fornican.

Los muros, ya no gritan mi nombre,

ni el tocadiscos reproduce ya a los Who,

como hacía cada viernes, que tu venías a verme.

 

Solías decirme “si no sabes que decir, no digas absolutamente nada”.

 

Creo, que nunca tantas cosas fueron tanta nada…

 

 

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