Las grandes verdades surgen delante de la gente que nos importa, porque es en esos momento cuando no pueden decirse

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Quizás el problema

no fuésemos ni tú ni yo.

Quizás el tiempo,

jugando al “Cluedo” con dos cuerpos inexpertos,

y perdimos.

Perdimos como un niño pierde un globo de helio,

sin luchar contra las corrientes de aire.

Perdimos con el pecho manchado de vergüenza.

Perdí como se pierde la virginidad,

sin objeciones.

Te perdí como jamás quise haberte perdido,

echándote de menos.

¿Quién dijo que no sé querer?

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Tú,                                                                                                                             regalándome entradas para todos los conciertos de mi cama;                                             ¿y yo?                                                                                                                                   Yo dejándome llevar por cualquier falda.                                                                       Complejo de Mihura que me domina.

Será que me gusta aguantar las estocadas en el pecho,                                                 para demostrar, sólo, que nunca diré que me duele.                                                         Que me duelen tus palabras,                                                                                             pero aguanté tus arañazos                                                                                         recorriendo el interior de mis costillas.

Nada.

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Hoy te vi.

No te diré que procuré esquivarte,

porque no lo intenté, no quería.

Lo que más ansiaba,

jugar a la ruleta entre tus piernas,

desmayarme en tus ojos y

hundirme bajo tus dedos.

Esos fueron mis tres deseos al genio de la lámpara de aquel portal,

desde donde te veía girando, feliz,

porque yo no estaba,

porque el dolor, al fin,

dejó de okupar tu pecho.

Éste, va a ser el junio más lluvioso en mi cama.

Éste, va a ser el verano más largo en mi calendario.

Sólo porque no estarás,

sólo porque no te pediré que te quedes.

No puedo. Simplemente, no…puedo.

Si soy incapaz de pedirte que hoy no respires

y no puedo pedirme no quererte,

¿cómo voy a pedirte que dejes las maletas en mi puerta,

que nunca cierres mi ventana abierta,

que sigas siendo la favorita de mis actrices,

que no cruces el Atlántico para curar las cicatrices que no se ven?

Solías decirme “si no sabes que decir, mejor no digas nada”,

 

Tu gravedad,

no deja de arrastrarme hacia el mar.

Creo que quieres inundarme,

inundarme de nubes, a punto de romper;

de cruces que no perdonan mis pecados,

de labios que no marcan mis labios.

 

Absolutamente cofusa, mi cabeza.

Tras la pared,

jodidamente insómnica,

la pareja del primero que fornican.

Los muros, ya no gritan mi nombre,

ni el tocadiscos reproduce ya a los Who,

como hacía cada viernes, que tu venías a verme.

 

Solías decirme “si no sabes que decir, no digas absolutamente nada”.

 

Creo, que nunca tantas cosas fueron tanta nada…

 

 

Cobardes inconsecuentes

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He recorrido las oscuras noches de Madrid,
buscando esa luna que simula tu sonrisa,
la que evade mis penas y cautiva mis sueños.
Sueño que me despiertas y al despertar,
descubro que estoy en los brazos de Morfeo,
que soy su títere y él, mi titiritero.
 
Escribiría cien mil cartas marruecas por estar en tu cama,
que la distancia sólo fuera la existente en los mapas
y que tus respiraciones despertasen mis labios.
Al fin y al cabo, sólo escribo utopías;
amores a media luz que prefieren esconderse entre las sombras de mis temores,
con la excusa de mi vértigo, el que tú me produces,
y el verdadero miedo de llegar, arriesgar y perder.